Si bien es cierto que la penumbra lo inundaba todo, tampoco busqué con insistencia el interruptor de la luz, que esperaba, como siempre, a la izquierda de la puerta. Los dos pasos que me separaban del salón fueron los mismos de siempre, pero su respiración, mezclada con las sombras de la tarde, consiguió que me diese cuenta de la verdadera magnitud de los hechos.
Poco a poco, mis pupilas se fueron aclimatando y la pude distinguir, sentada a la mesa, con la espalda apoyada en la pared, con su desidia de las últimas semanas, con su exhasperación dibujada en la postura de su cuello.
-Eres un cabrón, un hijo de puta. Lo peor de todo es que ya me da igual, pero quería que lo supieras... por si no te habías dado cuenta hasta ahora y nadie te había hecho el favor de decírtelo.
-¿En serio? -respondí con sorna.
Cuando la arrastró por encima de la mesa, como si no pudiese con ella, no me di cuenta de qué demonios estaba rayando la madera de roble, pero al oír el disparo todas mis dudas se disiparon de repente. Sentado en el suelo, con el humo del fogonazo flotando todavía bajo la lámpara, grité algo que no recuerdo, algo que nunca llegó a mis oídos llenos de ruido.
La primera vez que la vi morir, como decía, pensé que sería la única.
lunes, 2 de junio de 2008
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